
El lenguaje secreto de los sueños

Alejandra JM Holística/ Atl Yóllotl Espiritual
Desde muy niña, mis sueños han sido profundamente vívidos, algunos incluso lúcidos. Al principio les tenía mucho miedo, porque la mayoría llegaban en forma de pesadillas: accidentes, épocas pasadas, lugares que no reconocía, historias que parecían pertenecer a otras vidas. Siempre he tenido la sensación de que, cuando duermo, algo dentro de mí puede viajar hacia otras líneas del tiempo, donde puedo ser hombre, mujer, habitar otras épocas o experimentar realidades completamente distintas. En algunas ocasiones incluso he podido mirarme en los espejos dentro de mis sueños, y es ahí cuando descubro que mi cuerpo es diferente, que no soy quien soy en esta vida, pero hay algo que permanece intacto: mi alma, esa sensación profunda de seguir siendo yo, aun cuando todo lo demás cambia.
Con el paso del tiempo, y a través de todo lo que he leído, experimentado y observado en mí misma, comencé a comprender que los sueños no siempre son simplemente un reflejo de aquello que vivimos durante el día. A veces llegan disfrazados de historias, símbolos, personas o situaciones que parecen no tener sentido, pero que guardan dentro de sí una puerta hacia nuestro inconsciente. Allí pueden aparecer nuestras emociones reprimidas, nuestros miedos, nuestras ataduras, nuestros deseos, nuestras heridas e incluso aquellos traumas que durante la vigilia preferimos no mirar. Cuando comenzamos a prestar verdadera atención a nuestros sueños y a aprender a interpretarlos, otra forma de sanación comienza a hacerse presente.
Para mí, los sueños también se han convertido en portales de encuentro. A través de ellos he sentido y vivido conversaciones con guías espirituales, con diferentes formas de conciencia e incluso con personas que ya han trascendido. Entre ellas está mi abuelita, quien con el tiempo se convirtió en una de mis grandes guías espirituales. También he experimentado cómo personas conocidas que ya partieron pueden aparecer en sueños para transmitir mensajes a sus seres queridos. Desde mi experiencia, muchas veces el mensaje es sencillo y profundamente amoroso: ellos están bien y desean que quienes permanecen en este plano también lo estén.
Conforme fui soñando, sintiendo y aprendiendo a reconocer aquellas señales, poco a poco comencé a integrar ese lenguaje como parte de mí. En mis sueños empezaron a aparecer respuestas, símbolos y herramientas relacionadas con el camino de sanación que necesitaba recorrer en esta vida. Muchas de esas experiencias me ayudaron a sanar parte de mis miedos, mis vacíos, mi ira y aquellas emociones que durante mucho tiempo me mantuvieron estancada. Pero, como ocurre con todo proceso de transformación, llega un momento en el que la Torre se hace presente. Ese instante en el que algo dentro de ti se rompe de una manera que ya no permite regresar a quien eras antes. Un acontecimiento que, quieras o no, te obliga a dar un salto, a destruir viejas estructuras y a desprenderte de ese personaje que construiste buscando satisfacer las expectativas de los demás. La vida, de alguna manera, te obliga a mirarte.
Durante aproximadamente tres años viví un profundo proceso de transformación. Como una oruga dentro de su capullo, tuve que permanecer en un espacio de introspección, oscuridad y reconstrucción. El tarot ya era para mí un viejo amigo, una herramienta con la que había comenzado a mirar hacia dentro; pero fueron los sueños los que me llevaron a profundizar todavía más en mis penas, mis incertidumbres y mis miedos. Comencé a sentir que estaba abriendo un canal de comunicación con algo más elevado dentro de mí, con esa parte que algunas personas llaman Yo Superior, y empecé a traer esa información a la tierra: escribirla, observarla, interpretarla y convertirla en aprendizaje.
De esos sueños comenzaron a surgir procesos de sanación. Aprendí a observar mis propias dolencias emocionales, a reconocer los símbolos que se repetían y a preguntarme qué intentaban mostrarme. Y, por supuesto, mientras más me adentraba en el mundo de los sueños, más preguntas aparecían. Comencé leyendo a Freud, después llegué a Carl Jung y, finalmente, hace algunos años, me encontré con Leonora Carrington. Su manera de comprender el mundo onírico me cautivó profundamente. Esa idea de que los sueños pueden ser puertas hacia otros mundos resonó conmigo de una manera especial. Entonces comprendí algo que hoy forma parte de mi propia mirada: gran parte de mi creatividad, de mis ideas y de muchos de mis proyectos parecen nacer precisamente en ese territorio misterioso al que accedo cuando cierro los ojos.
Pero entonces surge una pregunta: ¿cómo aterrizamos todo aquello que soñamos a nuestra realidad?
Porque muchas personas sueñan, pero no todas recuerdan sus sueños. Otras los recuerdan durante unos minutos y después desaparecen de su memoria, como agua entre las manos. Tal vez hemos aprendido a desconectarnos de esa parte sensible de nosotros que observa, siente y percibe más allá de lo evidente. Tal vez simplemente nunca nos enseñaron a escuchar lo que sucede mientras dormimos.
Yo, en cambio, he aprendido a mirar el momento de dormir de una manera diferente. Ahora, antes de cerrar los ojos, muchas veces me pregunto: ¿qué información voy a descubrir hoy?, ¿qué aprendizaje llegará a mí?, ¿qué parte de mí necesita ser escuchada? Y cuando despierto, intento recordar, escribir y observar. Porque cuando comienzas a comprender tu propio lenguaje onírico, incluso el acto de dormir puede convertirse en una experiencia maravillosa de autoconocimiento.
Muchos han hablado sobre los sueños a lo largo de la historia. Se han estudiado desde la psicología, la filosofía, la ciencia y también desde diferentes tradiciones espirituales. Pero creo que solamente quien está dispuesto a mirar más allá de lo evidente puede comenzar a descubrir que un sueño puede ser mucho más que una sucesión de imágenes creadas durante la noche. Puede ser un espejo del inconsciente, un espacio de integración emocional, un territorio de símbolos y, desde una mirada espiritual, un posible canal de comunicación con nuestra conciencia más profunda.
Para mí, los sueños son una de las herramientas que nos invitan a regresar hacia nosotros mismos. Nos muestran aquello que durante el día no queremos mirar, nos confrontan con nuestros miedos, nos recuerdan nuestros deseos y, algunas veces, parecen mostrarnos caminos que todavía no somos capaces de reconocer despiertos. Son un territorio íntimo en el que la mente, el alma y el misterio se encuentran.
Por eso hoy ya no le temo a mis sueños. Los escucho. Los observo. Los escribo. Los cuestiono. Y, sobre todo, los agradezco. Porque soñar no significa solamente cerrar los ojos para escapar de la realidad.
Soñar es abrirnos a otra forma de comprenderla. Y en ese viaje nocturno hacia lo desconocido, muchas veces no estamos buscando otros mundos, sino encontrándonos, poco a poco, con nosotros mismos y con aquello que nuestra alma vino a recordar.
