El juicio como espejo de nuestra alma

Vivimos en un mundo donde parece que constantemente debemos demostrar quiénes somos, cómo debemos vivir y qué decisiones son correctas. Desde pequeños aprendemos a mirar hacia afuera para encontrar respuestas: qué está bien, qué está mal, qué es aceptado y qué no lo es.
Y, sin darnos cuenta, comenzamos a hacer lo mismo con los demás.
Observamos cómo alguien se viste, cómo piensa, cómo ama, cómo habla, cómo decide vivir… y desde nuestra propia historia construimos un juicio.
Pero ¿qué sucede realmente cuando juzgamos?
Quizá el juicio dice mucho más de quien lo emite que de quien lo recibe.
Cuando medimos a otra persona con nuestra propia vara, estamos observando el mundo desde nuestras creencias, nuestras experiencias y también desde aquello que todavía no hemos sanado. A veces, aquello que tanto rechazamos en alguien más puede tocar una parte de nosotros que permanece escondida.
Por eso, el otro puede convertirse en un espejo.
No necesariamente porque seamos iguales, sino porque su existencia puede mostrarnos algo que necesita ser observado dentro de nosotros.
Hay personas que han acumulado durante años dolores, frustraciones, miedos y creencias que les han enseñado que existe una única manera correcta de vivir. Han aprendido a seguir caminos trazados por otros, a buscar aprobación, a encajar y a sentirse aceptadas en un mundo que constantemente les dice cómo deberían ser.
Y cuando alguien se atreve a vivir de una manera diferente, ese espejo puede resultar incómodo.
Puede despertar enojo.
Puede despertar frustración.
Puede despertar rechazo.
Pero detrás de muchas de estas emociones también puede existir una parte de nosotros que pide ser escuchada.
Tal vez una niña interior que aprendió que para recibir amor debía comportarse de determinada manera. Tal vez una persona que durante mucho tiempo tuvo que esconder partes de sí misma para sentirse aceptada. Tal vez alguien que olvidó cómo escucharse porque pasó demasiado tiempo intentando cumplir las expectativas de los demás.
Y aunque esto pueda ayudarnos a comprender de dónde nace un juicio, comprender no significa justificar.
Cada ser humano es responsable de lo que hace con sus heridas.
No podemos utilizar nuestro dolor como una razón para lastimar a los demás.
Por eso, el verdadero trabajo espiritual no consiste solamente en señalar nuestras heridas, sino en atrevernos a mirarlas.
Cuando comenzamos a desarrollar consciencia y a regular nuestras emociones, dejamos poco a poco de necesitar controlar la vida de los demás. Entendemos que cada alma tiene su propio sendero, sus propios aprendizajes, sus propios tiempos y sus propias experiencias.
Entonces dejamos de preguntarnos:
¿Por qué vive así?
Y comenzamos a preguntarnos:
¿Por qué esto me molesta tanto?
Ese pequeño cambio puede abrir una puerta enorme hacia el autoconocimiento.
Porque cuando dejamos de mirar constantemente hacia afuera y nos atrevemos a mirar hacia dentro, descubrimos que muchas de las respuestas que buscamos en los demás siempre estuvieron esperando ser encontradas en nosotros.
La vida comienza entonces a sentirse diferente.
Más ligera.
Más compasiva.
Más consciente.
Más pacífica.
Y quizá eso también sea parte de sanar: dejar de intentar cambiar al otro para comenzar a comprendernos a nosotros mismos.
Por eso, hoy quiero invitarte a mirarte en el espejo.
Ya seas juez o juzgado.
Si has juzgado, pregúntate qué parte de ti estaba hablando.
Si has sido juzgado, pregúntate qué parte de ti necesita recordar que el juicio de alguien más no determina tu valor.
Mírate con honestidad, pero también con amor.
Porque detrás de aquello que señalamos, de aquello que rechazamos y de aquello que todavía nos duele, puede existir un mensaje de nuestra propia alma.
Y quizá el verdadero propósito del espejo no sea mostrarnos nuestros defectos.
Quizá sea mostrarnos aquello que todavía no nos hemos permitido ver, sentir y sanar.
Alejandra JM Holística
