El Ego: cuando dejamos de ser quienes creemos que somos

Alejandra JM Holística
Hablar del ego es hablar de nosotros mismos, de esa parte de nuestra personalidad que hemos construido a lo largo de nuestra vida y que muchas veces confundimos con quienes realmente somos. El ego puede aparecer cuando sentimos que nuestra identidad está siendo cuestionada, cuando alguien piensa diferente a nosotros, cuando otra persona logra algo que nosotros queríamos o cuando sentimos que alguien no reconoce nuestras capacidades. Es entonces cuando aparece esa voz interna que dice ¿Cómo es posible que ella o él haga esto, si yo soy más chingona o más chingón en esto? Y ahí es donde podemos comenzar a observar que no siempre es la mente la que está hablando, muchas veces es nuestro propio ego defendiendo la identidad que hemos construido.
Todos, en algún momento, hemos sentido que sabemos más, que tenemos la razón o incluso que somos superiores a alguien más. Puede suceder en lo profesional, en lo económico, en nuestras relaciones y también en nuestro camino espiritual. Si soy licenciado, abogado, arquitecto, maestro, ingeniero, si tengo una maestría o incluso un doctorado, puedo llegar a pensar que mis conocimientos me colocan por encima de otras personas. Y cuando veo a alguien que logró construir una empresa, alcanzar un sueño o conseguir algo grande sin tener estudios profesionales, puede aparecer esa pregunta incómoda: ¿Pero cómo lo logró si ni siquiera tiene estudios?. Sin darnos cuenta, el ego comienza a inflarse porque hemos convertido nuestros títulos, conocimientos o logros en parte de nuestra identidad.
Y no, no está mal estudiar, prepararnos, tener una profesión o apoyarnos en todas esas herramientas que hemos adquirido. Son importantes y de alguna manera nos ayudan a sobrevivir, desenvolvernos y construir nuestra vida dentro de este mundo, dentro de esta dimensión y dentro de este sistema. Lo que sí debemos observar es cuándo comenzamos a utilizar todo aquello que hemos conseguido para sentirnos superiores a los demás. Porque tener un título no significa que sepamos más de la vida. Tener dinero no significa que tengamos más valor. Tener una empresa no significa que nuestra alma sea más grande. Y tener reconocimiento tampoco significa que seamos mejores seres humanos.
Para construir tus sueños, no necesariamente necesitas un título. Necesitas pasión, amor, disciplina, perseverancia y creer en aquello que estás haciendo. Cada persona tiene un camino diferente y no todos llegamos a nuestros sueños de la misma manera. Hay quienes estudian durante años y construyen grandes proyectos, hay quienes aprenden desde la experiencia, hay quienes emprenden desde cero y hay quienes simplemente siguen una intuición que los lleva a lugares que jamás imaginaron. El éxito de otra persona no debería hacernos sentir menos. Al contrario, quizá podríamos aprender a mirar su camino con admiración y comprender que su logro no apaga nuestra propia luz.
Pero el ego no solamente aparece en lo profesional o en lo material. También existe algo que conocemos como el ego espiritual. Y este puede ser todavía más sutil, porque puede disfrazarse de conciencia, de conocimiento o incluso de iluminación. Puede aparecer cuando una persona siente que tiene todo el conocimiento del mundo, que ya despertó, que está en otra frecuencia o que ha comprendido cosas que los demás todavía no entienden. Y entonces comienza a mirar al otro desde arriba: "Yo ya sané", "yo ya desperté", "ellos todavía no comprenden", "esa persona tiene mucho ego". Y qué curioso, porque mientras pensamos que hemos trascendido el ego, quizá estamos construyendo una nueva identidad alrededor de nuestra espiritualidad.
Desde mi manera de comprender la vida, la espiritualidad no debería hacernos sentir superiores. Debería hacernos más humanos, más empáticos y más capaces de comprender que cada persona está viviendo su propio proceso. No todos vamos a despertar al mismo tiempo, no todos vamos a aprender las mismas lecciones y no todos tenemos que recorrer el mismo camino. Cada alma tiene su propio tiempo y su propia historia. Cuando realmente comenzamos a entender esto, dejamos de juzgar y comenzamos a acompañar.
Y aquí quiero hablar desde algo muy personal. Mi ego también fue tocado. Como todos, hubo momentos en los que sentí que lo sabía todo, que tenía las respuestas y que incluso era superior a los demás. Pero con el tiempo la vida comenzó a mostrarme algo que para mí fue muy importante: ¿cómo podía creer que sabía quién era, si ni siquiera sabía realmente quién era yo?
Mis propias creencias limitantes contribuyeron de alguna manera a construir una identidad que durante mucho tiempo confundí con mi verdadero ser. Por eso hablo tanto de las máscaras. Porque al final, muchas veces no somos realmente nosotros; somos personas intentando encajar en este mundo, ya sea por miedo o por egocentrismo. Aprendemos a comportarnos de determinada manera para recibir amor, aprobación, reconocimiento o para sentirnos seguros. Aprendemos a ser fuertes, aunque por dentro estemos cansados. Aprendemos a agradar, aunque no queramos hacerlo. A demostrar, a competir, a defendernos y a esconder partes de nosotros mismos que sentimos que los demás no aceptarían.
Y poco a poco comenzamos a creer que esas máscaras somos nosotros.
Hasta que la vida llega y comienza a mover todo aquello que creíamos estable. Una pérdida de trabajo, una relación que termina, una persona que amamos que trasciende, un proyecto que no sale como esperábamos, una etapa que llega a su final o simplemente ese momento en el que ya no te reconoces en la vida que estás viviendo. Y entonces puedes sentir que todo se está destruyendo.
Pero, ¿y si no es destrucción? ¿Y si es transformación?
Cuando el ego comienza a caer, cuando nos damos cuenta de que esa creación que hicimos de nosotros mismos no es realmente quienes somos, la vida puede llevarnos por lugares que en ese momento parecen oscuros. Puede dejarnos frente a un vacío, sin respuestas, sin certezas y sin saber hacia dónde ir. Pero quizá ese vacío no es un castigo. Yo pienso que es un espacio sagrado que la vida está creando para que podamos encontrarnos.
Yo le llamo el lienzo en blanco. Justamente a ese momento en el que ya no tienes la misma identidad de antes, ya no sabes quién eres, ya no sabes hacia dónde vas y ya no puedes seguir sosteniendo las mismas máscaras. Puede dar miedo, porque estamos acostumbrados a tener respuestas, a saber qué hacer y a tener cierto control sobre nuestra vida. Pero cuando bajas la guardia y dejas de resistirte, cuando finalmente permites que la vida sea, empiezas a descubrir algo maravilloso.
Empiezas a conectar contigo, a mirar hacia dentro, a encontrarte con ese niño o esa niña herida que durante tantos años necesitó amor, reconocimiento, protección o simplemente ser escuchada. Comienzas a observar tus creencias, tus miedos, tus patrones, tus heridas y todas esas partes de ti que habías aprendido a esconder. Y entonces comienza un proceso de transformación tan hermoso que, sinceramente, ¡wow!, no me toca a mí decirles cómo es, porque cada persona lo vive de una manera diferente.
Lo que sí puedo decir es que cuando comienzas a conectar contigo, algo dentro de ti empieza a resplandecer. No porque te conviertas en alguien perfecto, ni porque alcances un nivel superior, sino porque comienzas a reconocerte. Empiezas a sentirte nuevamente. Empiezas a escuchar esa voz interior que quizá durante mucho tiempo estuvo silenciada por todas las expectativas, creencias y máscaras que habías construido.
Y entonces comprendes que sanar no siempre significa convertirte en alguien nuevo. A veces sanar significa regresar a quien realmente eres debajo de todo aquello que aprendiste a ser.
Por eso, si en este momento de tu vida sientes que todo es caos, quiero decirte algo desde el corazón: quizá no sea caos. Quizá la vida te esté llevando hacia un proceso de transformación. Hay momentos en los que aparecen nuestras propias torres como el arquetipo del tarot, que son: pérdidas de trabajo, relaciones sentimentales que terminan, personas que amamos que trascienden, cambios inesperados, proyectos que se caen o situaciones que jamás imaginamos vivir. Y cuando todo esto sucede podemos pensar que la vida está en nuestra contra.
solo puedo decirte, que no es así, lo que esta pasando es que la vida te esta enseñando a través de la perdida que no has trabajado en ti, y quien puedes ser.
Estamos viviendo, desde mi perspectiva, un proceso de transformación muy profundo. Muchas almitas estamos cuestionando nuestras creencias, nuestras formas de vivir, nuestras relaciones, nuestros trabajos y hasta la identidad que durante años pensamos que era nuestra verdadera identidad. Y quizá por eso tantas cosas se están moviendo.
No tengas miedo si estás atravesando una tormenta. Las tormentas no duran para siempre. Aunque mientras estamos dentro de ellas parece imposible imaginar que volverá a salir el sol, déjame decirte que siempre llega un momento en el que el sol vuelve a salir, para abrazarnos con su luz.
La vida no te está llevando hacia atrás, te está llevando hacia adentro, a conectar con lo más profundo de tu alma, a recordar quien eres realmente, y a que viniste a la tierra.
Por lo mismo digo, que el lienzo en blanco que hoy parece vacío es el espacio donde comenzarás a pintar una vida mucho más auténtica, una vida que no nazca de la necesidad de demostrar, sino de la necesidad de sentir, amar y ser.
Por eso hoy no te diría que destruyas a tu ego. No creo que se trate de destruirlo. Se trata de identificarlo, aceptarlo, escucharlo y comprenderlo. Preguntarte qué está intentando proteger, qué herida está intentando esconder y qué parte de ti necesita ser vista. El ego también forma parte de nuestra historia; ayuda a sobrevivir, a construir una identidad y a encontrar un lugar en el mundo. Pero no tiene que dirigir para siempre nuestro camino, ya que es solo una barca que nos lleva al verdadero camino.
Tal vez ha llegado el momento de bajar la guardia, quitar algunas máscaras y comenzar a reconstruirse desde un lugar diferente. No desde el miedo, no desde la comparación, no desde la necesidad de ser superiores, sino desde el amor.
Recuerda que no eres tu título, no eres tu trabajo, no eres tus logros, no eres tus errores, no eres aquello que los demás piensan de ti. Eres mucho más profundo que todo eso. Eres un ser en constante transformación, aprendiendo, sintiendo, equivocándose, sanando y descubriendo su propia esencia.
Así que si hoy estás frente a tu propio lienzo en blanco, no tengas miedo. Ya que una de las experiencias humanas más gratificantes es el reconocimiento del ego, para así disolver lo que no somos e ir regresando poco a poco a nosotros mismo, a nuestro origen, a nuestro corazón, al verdadero yo.
Ya que no estamos perdidos, solo que olvidamos quienes somos, y ahora estamos aprendiendo a recordar.
